Primero fue Samper cuando era presidente. Para quitarse a Andrés de encima lo invitó a hacer un pacto con el gobierno. Andrés lo mandó al chorizo. Luego fue el exfiscal Gómez Méndez cuando, siendo Andrés presidente, decidió hacerle control político al proceso de paz. Pastrana le contestó y lo dejó calladito. Por eso ahora, durante el fin de semana que siguió al ofrecimiento, imaginé lo que se estaría cocinando y me despaché varios globos.
Dilucidé un escenario en el cual Pastrana se tomaba unos días para pensar la respuesta. Durante ellos, imaginé, se cocinaría el salto más perfecto hacia el liderazgo de la oposición en la Colombia de Uribe. Con los planteamientos que venía haciendo El Siglo, con la contundencia de las declaraciones del ala no gobiernista del conservatismo, el trampolín hacia el estrellato estaba listo. Una respuesta de Pastrana en el tono de los últimos tres años, anunciando su llegada definitiva al país para hacer política, lo consagraría.
Imaginé una lista fuerte y cerrada al senado encabezada por Juan Camilo Restrepo. Desbaratará el avispero del voto preferente pensé. Renovará el Senado, le meterá calidad y altura, volverá el debate de ideas y se acabará el trueque de votos por puestos. Imaginé unas listas a la Cámara con Andrés tirando línea. En la batalla. En el barro de la política. Repartiendo carisma y experiencia por los departamentos.
Pensé en la posibilidad de la unión del conservatismo y la escogencia de un candidato propio. Tal vez en una consulta popular azul, soñé. Vi un partido conservador con vocación de poder queriendo tener presidente propio. Destrozando el raro invento de Carlos Holguín.
Esta será una campaña magnífica, dije. Con Gaviria y sus ejércitos rojos de un lado y Pastrana y sus soldados azules del otro, tratando ambos de recobrar la institucionalidad. Luchando por la salvación de una Constitución que llevó a Colombia a la vanguardia del constitucionalismo de posguerra y que ha aguantado cuanto golpe se le ha querido dar desde el poder. Metiéndole democracia a este país polarizado. Creando consensos, haciendo política, reconciliándonos a todos, demostrando que es posible acabar la guerra por la guerra por la vía del diálogo.
En esas andaba cuando el lunes pasado recibí la noticia de que Andrés había aceptado ser el nuevo embajador en Washington. El martes, esta columna se escribió sola en mi mente. Cuando el viernes me senté a ponerla en papel, salió de un jalón y sólo me varé en el final. En esas andaba, cuando entendí que lo que había que hacer ahora era no pensar con el deseo. Era tiempo de afrontar la realidad, felicitar a Uribe y desearle al presidente Pastrana en su gestión, buen viento y buena mar.
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