Algunos dicen que Pastrana no tiene nada que hacer con la situación actual del país. Otros opinan que los índices de popularidad de Andrés son realmente bajos y que eso puede hacerle daño a quienes gocen de su apoyo. Y otros aseguran que los expresidentes ya no tienen juego en la política nacional. Quienes opinan así se equivocan de cabo a rabo.
Por una parte, le guste o no a algunos, las bases de la seguridad democrática, que es lo único que mantiene popular a Álvaro Uribe, se pusieron durante el cuatrenio anterior. El fortalecimiento del ejército es obra de Andrés. Además, las finanzas públicas que han medio sobreaguado durante estos años de intenso uribismo, son fruto del manejo de sus ministros de hacienda. Y como si fuera poco, en materia de buena imagen internacional del país, Pastrana recibió un país destrozado y alejado de la comunidad internacional y lo entregó jugando en la delantera latinoamericana.
Se me podrá argumentar que está bien, que eso es lo que hizo Andrés, pero que, al fin y al cabo, es algo pasado. Puede ser, pero precisamente de esa gestión que se ha querido soslayar es que surge la figura del expresidente como opción política presente y futura. Y no me refiero a que si hay reelección Andrés tenga ganas u oportunidad de lanzarse a la presidencia nuevamente. Evidentemente ese no es tema de nuestros días. Me refiero es a que Andrés Pastrana es el único que puede reorganizar el partido conservador para convertirlo, como dice el artículo de El País de Cali, en verdadera fuerza política.
El ejemplo de los expresidentes recomponiendo lo que la dinámica política nacional ha desorganizado es claro y está en frente. Así como Gaviria volvió al país y armó al liberalismo, Pastrana puede hacer lo propio con el conservatismo. Los ejércitos azules están listos, fuertes y de lo único que carecen es de liderazgo. Afortunadamente en el expresidente Pastrana, el liderazgo es algo natural.
El problema sin embargo, no es sólo que Andrés haga presencia en Colombia y se dedique a organizar sus huestes. Si viene le va a tocar lidiar con Carlos Holguín, quien quiere convertir el partido en el soporte de campaña de Uribe. Sin embargo, hacerlo no debe ser tan difícil. Al fin y al cabo, si algo le queda a Holguín en política, es la posibilidad de buscar la candidatura del conservatismo en cabeza propia.
La misión de Andrés puede verse como algo imposible, pero no lo es tanto. De hecho, sólo él puede generar un ambiente y una estructura que permita que el conservatismo deje de estar colinchado de la popularidad de Uribe y vuelva a tener vocación de poder.
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