25 junio 2005

!Ruge Cardenal¡

Esta semana hubo mucha política. Terminó la legislatura, el proceso con los paras se calentó, Clinton se paseó por Bogotá y le dijo a Uribe que lo apoyaba como presidente pero más como expresidente, en fin, hubo de todo. Sin embargo y con la venia de la dirección de este semanario, hoy no habrá análisis político. ¿La razón? Una frase de hincha que se me grabó de niño en la mente y que, aunque al presidente Uribe seguro le suena subversiva, la suelto aquí: “La patria por encima de todo y Santa fe por encima de la patria”.

Santa fe es finalista después de 30 años y por cosas del destino terminé incrustado el miércoles pasado en la mitad de la barra brava en el partido de la final contra Nacional. Mi atuendo cardenal: camiseta oficial, un sombrero rojo con el escudo en la frente y los cauchos colorados de un tratamiento de ortodoncia que me inventaron cuando me volví presentador de Caracol Noticias. Llegué tarde al estadio y a punta de nadar en un río de banderas rojas fui a parar detrás del arco, en pleno territorio de la Guardia Albirroja Sur.

El recuerdo de las escenas que semanas atrás terminaron en tragedia en el Campín me rondaba la cabeza. Sin embargo y sin querer exculpar a nadie, viví todo el partido entre jóvenes alegres que no han visto campeón a su equipo pero que lo idolatran como si les hubiera deparado esa alegría muchas veces. Muchachos que se identifican a través de sus tatuajes, sus piercings, sus expresiones y su pasión roja.

Apareció Nacional en el campo y subió la tensión. Se aproximaba la salida del local y la barra empezó a rugir: “Sale el leoooón, sale el leoooón”. Y yo con ellos: “Sale el leoooón, sale el leoooón”. Y así, lentamente, vi emerger a los jugadores que a punta de esfuerzo y garra nos tenían a todos allí esa noche. El Campín estaba a reventar y yo era parte de ello.

Durante el partido la barra brinca y canta incansable. Aguantar es cuestión de método. “El que no salte, no es del león”, se oye a mil voces cada cierto tiempo, y así no hay escapatoria. Cuando empezó el partido yo ya estaba poseído. Mi brazo arremetía solo contra el aire, mis oídos retumbaban con los coros, me había convertido, sin saber a qué horas, en un soldado invencible de ese ejército rojo.

Al final, cuando se bajaron los ánimos, entendí que estar en la barra es un regalo para la experiencia de ir a fútbol. Allí el partido es una fiesta en la que hasta el sufrimiento se goza. El empate a ceros me privó, para bien o para mal, de vivir la “Avalancha”, que se da cuando hay un gol cardenal y la barra entera se vuelca feliz a la primera fila. La verdad es que el partido no estuvo bueno, pero fui parte de una fiesta inolvidable.

Santa fe viaja a Medellín el domingo, un día después de que aparezca publicada esta columna, para definir quién será el campeón. Puede perder o ganar. Para mí, sin embargo, lo vivido esa noche ya me entrega a mi equipo vencedor. ¿Cómo explicarlo? Tal vez con un coro de la barra: “El Rojo es la locura, la pasioooón… al rojo yo lo quiero ver campeoooón…”. Ojo: Sale el león. ¡Ruge Cardenal!

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