Cuando se supo que el cardenal Joseph Razinger era el elegido el narrador de la transmisión anunció un retroceso para la iglesia. Al día siguiente, en todos los diarios, se dijo que Benedicto XVI, con su bien ganada fama de hombre duro, no le abriría las puertas de la iglesia a la modernidad.
Todo parte de una confusión entre la forma y el fondo. El mundo se acostumbró a ver a un Juan Pablo Segundo carismático y tremendamente mediático. Sin embargo, el contenido de su mensaje nunca fue producto de su análisis solitario, sino que siempre estuvieron en él y en gran medida, la mente y la pluma de Ratzinger.
Su mensaje, además de teológico, siempre fue profundamente filosófico. Es más, si se le quita lo religioso, lo que queda es un humanismo jusfilosófico alemán que es hoy la base de la teoría del Estado contemporánea. Bastan un par de ejemplos. Juan Pablo Segundo, con Razinger detrás del trono, planteó la necesidad de un mundo basado en el respeto a la dignidad de la persona humana que tiene origen alemán, kantiano, y que es uno de los pilares del Estado Social de derecho inspirado por el también alemán Herman Heller.
Pero hay más. Juan Pablo II tumbó el comunismo con la doctrina de la dignidad como esencia del respeto de los derechos humanos. ¿Religión? No: Política. Política religiosa, si se quiere, pero política dura y precisa. Una política inspirada y dirigida por el dúo dinámico Woihtila – Razinger. Por el polaco y el alemán (vaya paradoja), por esa maravillosa combinación de forma y fondo, esencia del mensaje de la Iglesia del Siglo XX.
En el Siglo XXI siguió la lucha. El Vaticano se opuso a las manifestaciones terroristas con la misma vehemencia con la que criticó la teoría de la guerra preventiva y su concretización en Afganistán e Irak. Otra vez dos voces en una: la del Santo Padre y la del Santo Panzer.
El pontificado de Juan Pablo Segundo lo continúa quien, a pesar de llamarse hoy Benedicto XVI, es más Juan Pablo Tercero. Un alemán con fuertes posiciones contra aspectos no dogmáticos de la iglesia pero que, en el fondo y seguramente ahora también en la forma, seguirá sin ningún miedo dando la batalla por la dignidad, los derechos del hombre y la libertad.
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El expresidente Lucio Gutiérrez aprendió a las malas lo que la teoría constitucional siempre ha dicho con claridad: que el que se mete con la constitución se mete con el pueblo. Ojalá nos sirva de ejemplo.
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