Esta enfermedad política se está manifestando en tres escenarios diferentes. El primero es el campo de batalla, donde se supone que todo estaba controlado. El segundo es el Congreso, donde se supone que también todo estaba controlado. Y el tercero es el entorno internacional, donde se supone que todo estaba aún más controlado.
En el terreno de la guerra la cosa se complicó porque siempre se ha partido de una premisa falsa que el presidente no se cansa de repetir: la de que en Colombia no hay un problema social armado sino sólo una manada de filibusteros armados. Resulta que no es tan cierta la cosa y la prueba es el propio fenómeno paramilitar. Los paramilitares, no se cansan de repetirlo ellos mismos, son la reacción armada no institucional frente a la violencia de la guerrilla. Son una manifestación social que hace frente a otra manifestación social y desconocer esto es cerrarle los ojos a la realidad.
Por otro lado, el manejo del tema ha sido totalmente inadecuado. No se habían enfriado todavía las paredes reventadas la semana pasada por los cilindros de gas cuando el presidente salió a responsabilizar de su propia suerte a los militares abatidos. No se había enterrado a las víctimas de los infames ataques y mucho menos se había iniciado la investigación de rigor. Por eso es válida la protesta de los padres de los soldados y la indignación silenciosa de algunos mandos militares. Ellos saben que aquí hay una guerra en la que la cosa es dando y recibiendo y que los soldados muertos dieron la vida por la patria y no por andar de fiesta.
En el plano del Congreso la cosa está aún peor. La bancada uribista, la aplanadora, se está haciendo añicos ella misma por la falta de manejo político. La diatriba del comisionado Restrepo contra Rafael Pardo y Gina Parody es verdaderamente sorprendente, no sólo por su fortaleza, sino también por sus consecuencias. Más allá de la evidente salida de tono, semejante desbandada puede haber sellado la suerte final del uribismo en el congreso.
Nadie puede dudar que el Comisionado es un hombre bien intencionado, pero tampoco que si algo tiene Rafael Pardo, es experiencia. Pardo no está aprendiendo sobre la marcha. No sólo conoce por dentro al ejército por haber sido ministro de defensa, sino también al enemigo por haber sido negociador. Además, en una materia tan sensible como la paz, vale más estar con el que más sabe que con el que está aprendiendo.
Pero en el plano internacional la cosa no está mucho mejor. El veri-veri presidencial impidió que Uribe y Chávez se fumaran finalmente la pipa de la paz. Además, la cancelación del viaje a Europa es una mala noticia, no sólo porque demuestra que la enfermedad presidencial puede no ser leve, sino también porque se pierde la oportunidad de contrarrestar efectos como el del editorial del New York Times del jueves pasado en el que se insinúa una política oficial de corazón grande con los paras.
Se necesita que el gobierno reaccione, pero no con discursos descontrolados contra los soldados muertos ni contra sus aliados del congreso, sino con un verdadero manejo político serio de las situaciones. Porque a este paso las palabras se están estrellando contra los hechos y cuando eso pasa, la realidad siempre puede más. A grandes males, remedios inteligentes. No vaya a ser ahora que por cuenta de la laberintitis el país termine perdiendo el equilibrio, se caiga y luego ya no se pueda parar.
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