De estos demonios criollos los hay de dos clases. Los de carácter general, que son los que han venido agobiando a la sociedad a través de los diversos gobiernos y los de carácter particular, propios de los tiempos actuales. Dentro de los primeros están la desigualdad de oportunidades y la falta de justicia. Para muchos colombianos estudiar, trabajar y hasta comer es un privilegio. Por otro lado, la justicia, siempre cojea y pocas veces llega. Y aunque algunos opinen que la pobreza no necesariamente genera violencia, la verdad es que la injusticia, y más la social, sí tiene que ver con la guerra en Colombia.
Es difícil adivinar, con el panorama actual, quién puede exorcizar esos demonios. En la teoría los llamados a hacerlo son los partidos políticos. Pero su situación es lamentable. Los tradicionales están destrozados. La ventaja para el liberal, tal vez, es que reflexiona. Sus dirigentes piensan, se cuestionan. Pero el conservador se está desvaneciendo en su propia vanidad. Sus dirigentes oficiales se han entregado a la comodidad de la burocracia sin pensar si quiera en ser opción de poder. Y mientras tanto el Polo democrático no adivina qué hacer con su buena suerte. Por eso o se pone las pilas, o termina como los demás.
Los demonios particulares, los de coyuntura, también atormentan. El proyecto de justicia y paz es el mayor de ellos. No sólo por el tremendo despelote que se ha armado dentro del gobierno por su contenido sino también porque, si no hay ley, el proceso de paz queda en el aire. Su exorcista, el ministro del interior, no ha dado pie con bola. Hace rato Sabas ha debido poder alinear la aplanadora uribista para ferrocarrilear el proyecto como se hizo con la reelección. Pero no solamente no lo logró, sino que lo que sí hizo fue romper el consenso dentro del propio gobierno. Eso en cualquier país del mundo da, por lo menos, para que se le pase la factura de la responsabilidad política.
Otro demonio de estos es la propia reelección. Su mal no radica en que esté concebida para que Uribe repita sino en que rompe las reglas de la democracia y contamina la política. Lo primero es claro: cambiar el reglamento a mitad de partido para favorecer a alguien no tiene presentación. Claro que otros lo han hecho. Pero esos otros son Ménem, Fujimori y Chávez y no son ejemplo a seguir. Por otro lado, el hecho de que el balance legislativo sea tan pobre indica que las energías que se han debido poner en crear leyes se pusieron en aprobar la reelección. Afortunadamente aquí sí parece haber exorcista: la Corte Constitucional. Claro que como el exorcismo es ante todo una batalla y las batallas se ganan y se pierden, habrá que ver qué pasa.
Mientas tanto el país es testigo silencioso de un fenómeno que consiste en que los hechos crean nuevas reglas de conducta que incluso modifican la escala social de valores. Basta recordar que en alguna época venderle el apartamento a un narco era visto por algunos como un acto de viveza y que en otra, para otros, apoyar a los paras era un símbolo de estatus.
Por eso el gobierno tiene una inmensa responsabilidad. No vaya a ser ahora que nos traten de hacer entender que lo que está mal en realidad está bien, que terminemos comiéndonos el cuento y que luego necesitemos un cura graduado en el Vaticano para que nos exorcice de nosotros mismos.
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