Desde que Uribe arrancó con sus iniciativas de seguridad las cosas en materia de orden público parecían controladas. Parecían, digo, porque son muchos los colombianos que aunque se acostumbraron a salir en caravana, entienden que lo hacen, o hacían, entre tanques del ejército y escoltados desde el aire por Black Hawcks. Muchos perdieron el miedo, afortunadamente, y como a todo señor todo honor, eso fue gracias a Uribe. Pero no por eso puede uno cerrarle los ojos a la realidad.
La reciente escalada guerrillera es muy diciente. Pensar, como lo hacen algunos, que se trata de un coletazo residual de lo poco que queda de terrorismo es una gran ingenuidad. La democracia está siendo amenazada y ante esa amenaza hay que ser, ante todo, realista. Los colombianos tenemos cierta tendencia al triunfalismo. Con Montoya, el fútbol y Catalina Sandino eso no es grave. Pero apostarle a que el Plan Patriota nos va a dejar sin guerrilla de la noche a la mañana es un error. La guerra es como el amor: un campo en el que es mejor saber de verdad verdad en dónde se está parado.
El proceso de paz, por su parte, anda enredado. Siguen los enfrentamientos en el interior de la bancada uribista por sacar adelante una ley para la desmovilización. Ni en el curubito más cercano al presidente hay consenso. Mientras el comisionado de paz le apuesta a una cosa, el ministro del interior le apuesta a otra, y como si fuera poco, la pelea la dan en los medios. Es cierto que el capital político es para gastarlo, pero no es para desperdiciarlo. Estos bandazos son señales negativas para todos incluida la comunidad internacional.
Y hay más. En las autodefensas la distancia entre los combatientes y los comandantes es muy grande. Por el mismo origen del fenómeno, la mística paramilitar es vertical. Es decir, viene de los comandantes a los combatientes. Por eso un grupo de paramilitares sin mando firme corre el riesgo de convertirse en un simple grupo de sicarios. Ante esto, el proceso requiere una cercanía física de los cabecillas con sus cuadros y no sólo este no es el caso, sino que sobre los jefes todavía cuelga la espada de Damocles de la extradición.
Por último preocupa el estado de salud del presidente. No tanto porque Pacho Santos pueda terminar reemplazándolo, Dios no lo quiera, sino porque el incidente médico es un campanazo. Uribe es un hombre que corre riesgos innecesarios. Vuela en la cafetera, duerme tres horas al día, cree firmemente que las gotas mágicas y el yoga lo mantendrán lúcido. Además, tiene características humanas que incrementan el estrés. Es líder, adicto al trabajo, poco tolerante y se descontrola. ¿La solución? Fácil: Menos campaña y más gobierno.
Estos tres pilares de la popularidad de Uribe están en crisis. Claro que afortunadamente toda crisis es una oportunidad. Pero eso depende de saberla manejar. La cosa se puede enderezar y de pronto el presidente y su popularidad se mantienen. Pero de pronto estamos asistiendo al espectáculo de un presidente con el sol en la espalda que no es consciente de lo que le pasa y que se va a embarcar en una aventura electoral.
Ya se verá, pero si la cosa sigue así es probable que no sólo sea la primera vez que en Colombia se le permita a un presidente en ejercicio lanzarse a buscar su reelección, sino también la primera en que ese candidato presidente termine derrotado.
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