Me invitaron a ser jurado en el concurso de periodismo Alfonso Bonilla Aragón en Cali. Llegué hace un par de horas y me lancé a la calle. Caminar esta ciudad me gusta. Subí hasta la capilla de San Antonio a exorcizar viejos demonios. Está linda. Al salir, las escaleras me invitaron a sentarme en ellas y mirar la ciudad desde el cielo. Entendí que era un buen momento para escribir. Abrí mi computador y comencé esta columna.
Esta mañana explotó un carro bomba en El Vallado. Cuatro policías y un civil muertos. Es la bienvenida de la guerrilla al presidente que se posesiona el lunes, me dice doña Lola, una señora que vende champús por acá. Eso me hace reconcordar la posesión de Uribe cuando los rockets caseros alcanzaron a rozar Palacio. Y empiezo a ver que no pueden pasar otros cuatro años sin que las cosas se solucionen.
El presidente tiene adelante varios retos en materia de paz. El primero es el acuerdo humanitario. Mucho se ha hablado de él y ya es hora de concretarlo. Se equivocan los que piensan que es una debilidad del Estado. Incluso aquellos que creen que todavía puede solucionarse todo a punta de plomo deben entender su importancia. Al fin y al cabo y aunque suene paradójico, los actos humanitarios son parte de la guerra.
Los errores cometidos sobre este tema deberán ser tenidos en cuenta en esta nueva etapa. Deberán establecerse canales de comunicación que permitan definir las condiciones para el intercambio. La comunidad internacional será clave en esto. En Colombia la dinámica de la guerra ha cerrado las puertas. Pero otros países podrán reabrirlas prestando su diplomacia e incluso su territorio para los acercamientos.
El segundo gran reto de Uribe es que el intercambio no se convierta en el único objetivo ni en el único logro. Porque lo que realmente se necesita es la paz. Es cierto que el proceso puede ser largo pues las posiciones a conciliar son bastante opuestas. Además, están los temas del perdón, el olvido, la reparación, la extradición, etc, que son tan complejos. Pero no por su dificultad se puede perder de vista el objetivo final.
El tercer gran reto es la reconciliación entre los bandos del conflicto. Me refiero a los Estados Unidos, el Estado, los Paramilitares y la guerrilla. Si alguno se queda por fuera, el resultado estará pegado con babas. Además, sólo con la participación de todos se podrá abarcar con seriedad el tema fuerte y pesado del narcotráfico.
El desafío entonces no es pequeño. Pero Uribe tiene un gran capital político para gastar y parece estar dispuesto a jugarse. Y es comprensible. Al fin y al cabo ya pasó a la historia como el presidente de la reelección y el de la seguridad democrática. Ahora le falta ser también el presidente de la paz.
Cae la tarde en Cali. Termino mi columna. “Huele a caña, tabaco y brea”. Doña Lola me sirve otro champús. “P’a que no nos olvide”, me dice. Y yo le digo que no la olvido. Me despido. Y empiezo a pensar que tengo hambre y que, paradójicamente, ese problema se soluciona como se solucionaría nuestra guerra. Porque al fin y al cabo los grandes problemas sí pueden tener soluciones simples. Y como dice la canción, esto es cuestión de pandebono.
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