La política se puede hacer con los amigos pero también con los contradictores. Escoger una u otra fórmula depende de cómo se quiera gobernar. A Uribe le gusta más la primera y por eso convierte a sus contradictores en amigos. Así lo hizo con Serpa y Noemí hace cuatro años, con Pastrana hace menos y seguramente lo seguirá haciendo en lo que viene con quienes enérgicamente se opusieron a él en la campaña.
Lo anterior es a la vez bueno y malo. Bueno porque se arma equipo y en muchos casos se eliminan las discrepancias. Pero es malo también, porque puede quedarse el gobierno sin oposición. Y lo sabemos bien, un gobierno sin oposición no es lo ideal en una buena democracia.
La segunda fórmula es la de hacer coaliciones entre contradictores. El mejor ejemplo en hoy en día está en el país del mundial de fútbol. En Alemania existe el llamado Koalitionsvertrag (Contrato de coalición) entre los conservadores del CDU y CSU con los socialistas del SPD. Esta es una modalidad en la que, en un momento político específico, se reconocen y aceptan las diferencias y, a pesar de ello, se trabaja con un mismo objetivo de país.
En Colombia, en lo corrido desde las elecciones que no es mucho, pareciera que el gobierno seguirá gobernando con los amigos. O por lo menos eso parece hasta ahora, cuando ya se conoce parte del gabinete con el que comenzará en agosto el nuevo cuatrenio.
El presidente ha armado gabinete con quienes lo acompañaron. El Partido conservador, que como Maturana ganó perdiendo, tiene su ministro del interior. Veremos si Carlos Holguín con su maniobra y a pesar de ser el enterrador del partido al reducir su votación en un millón y medio de sufragios, logra resucitarlo. Dependerá mucho de quién asuma la jefatura. ¿Omar Yepes? ¿Ciro Ramírez?
El partido de la U estará representado por Juan Manuel Santos como ministro de defensa. Tendrá la difícil tarea de seguir combatiendo una guerra que, aunque no se pierde, tampoco se gana. De su gestión dependerá su futuro político. Pero su futuro personal. Porque al fin y al cabo la U es una suma de intereses que navegan sobre una popularidad ajena que es la del presidente.
Germán Vargas, por su parte, es el niño diferente del uribismo. El que se atrevió a decir que sí se le medía al proyecto del presidente, junto pero no revuelto. Por eso le hacen el feo pero no por ello merece menos que los demás. De hecho, si alguien le aporta algo diferente al uribismo es él. Ya se verá cuánto dura su noviazgo político con el gobierno, pues se perfila como firme aspirante a suceder a Uribe. ¿Y cómo irá él ahí?
De resto, la oposición tiene en frente dos alternativas: se convierte a la nueva religión del uribismo o sigue haciendo su titánica labor. Aunque hay una tercera que es, al estilo alemán del Koalitionsvertrag, trabajar con el gobierno en algunos temas sensibles. Eso, claro está, depende de la capacidad de negociación que se tenga. Pero sobre todo, depende en realidad, del tipo de país que se quiera.
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