17 junio 2006

Entre colegas


Colombia está llena de abogados. Sin embargo, en el país ha habido pocos juristas. La distinción puede no parecer clara, pero créanme que existe. El derecho es una profesión en la que, erradamente, se piensa que el hábito hace al monje. Pero nada más falso. Nada más alejado de la realidad. Cual filósofo bugueño hay que decir que una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa. Y para entenderlo basta con mirar el reciente escándalo en la Corte Constitucional.

Existen dos clases de profesionales del derecho. Hay unos que consideran la ciencia jurídica algo exacto y por lo tanto se apegan a sus códigos como si fueran los derroteros máximos que se deben seguir. Al margen dejan conceptos básicos como el de la libertad, el de la dignidad de la persona humana como fin, el de la interpretación como un medio para llegar a la protección máxima de los derechos. Para ellos el inciso es rey, el numeral luz guía, el artículo un Dios.

Pero para estos profesionales del derecho no basta la pretérita concepción interna de su ciencia. Porque no están completos si no la exteriorizan histriónicamente. Por eso acompañan sus formas e incluso sus vidas con ademanes acartonados y majestad ficticia. Miden el tono de la voz, lo calculan, como Pavarotis de la ley. Escogen las palabras con pinzas. Como si decir cosa o decir vaina no fuera la misma cosa; o la misma vaina.

Estos doctores, a los que les gusta que les digan doctores, crean un mundo propio en el que no cabe nada fuera de su trasegar jurídico. Repiten el derecho sin cesar pero no lo crean; lo mencionan pero no lo dicen; no lo pintan de colores porque lo ven en blanco y negro; e incluso, cuando tienen la función de administrar justicia, simplemente lo desperdician.

Pero hay otra clase de hombres de ley, gracias a Dios. Son los que entienden que el derecho es una herramienta para hacer justicia y no una calle con destino conocido. Son los que saben que la necesidad de la ley surge de la de limitar el poder del Estado y de la de regular la libertad para la convivencia. Los que tienen claro qué quiere decir dignidad humana, aquellos para los cuales las razones de Estado son dinosaurios y para los que la ley se interpreta en favor de la libertad del individuo.

Estos son quienes hacen mover la ciencia jurídica. Son el motor de la libertad cuando quiera que los otros la truncan con su anquilosamiento. Son los que disienten sin miedo y denuncian a pesar de las consecuencias.  Para ellos no prima la forma; ni en sus dichos ni en sus hechos. Y mucho menos en la hora máxima de administrar justicia.

En un país como Colombia estos últimos son escasos. Sin embargo, desde 1991 se han visto cada día más. Basta recordar, entre otros, a Ciro Angarita, Carlos Gaviria, Alejandro Martínez o Eduardo Cifuentes. Gracias a ellos por hacer del derecho algo distinto en Colombia. Y gracias también a Jaime Araujo Rentería por lo anterior y especialmente por dar la pelea que está dando. Porque la justicia, para que sea justa, tiene que ser pública. Y si no fuera por él, mucho de lo que pasa en la Corte Constitucional sería un secreto tan desconocido como el paradero de Bin Laden.

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