Sin reelección la política era menos parecida al ajedrez. Los candidatos movían sus fichas, medían, calculaban, en fin, se jugaban pero sin atacar al rey directamente. Ahora, con la reelección, todo cambio. El objetivo es el presidente candidato. Todos buscan ganarle a quien detenta el poder para darle un timonazo a Colombia.
Por eso hoy los candidatos tienen el objetivo común, no sólo de ganarle a Uribe, sino también de lograr un cambio institucional. Todos quieren la desparamilitarización del Estado, que no se ataque más a la prensa, el acuerdo humanitario, que la propaganda oficial se deje de lado. Todos quieren el jaque al rey para cambiar el país.
Esto es cierto al punto de que, para la segunda vuelta, todos se unirán a quien deba enfrentarse a Uribe. Habrá un sólo bloque de oposición que, creemos algunos, podrá lograr el cometido. Sin embargo, si lo que se busca es romper las murallas protectoras de Uribe, su enroque, y salvar al país, la estrategia debería ser otra: no ir a elecciones.
Lo único que desvela al presidente es su fraude electoral. Aparentemente, para él, las muertes ordenadas desde del DAS son algo normal y en el amancebamiento con los paras no hay nada de malo. Sólo una cosa lo perturba: que un día se despertó y vio que ganó en primera vuelta con un fraude y que, por lo tanto, su gobierno es ilegítimo.
Pero la providencia le ha puesto en frente la oportunidad de legitimarse. ¿Cómo? Como él mismo lo dice, “llenando las urnas de votos”. Independientemente del resultado electoral, la próxima elección le echará tierra al fraude y el gobierno de Uribe 2002 se legitimará. Por eso el llamado urgente de Uribe a votar. Necesita legitimarse.
En estas condiciones, lo único que verdaderamente echaría por la borda el intento de legitimación del presidente, el verdadero jaque mate, sería que los candidatos renunciaran a su aspiración y dejaran a Uribe solo en elecciones. Que el gran cacao de la popularidad y de los votos haga su show y se lleve todos los aplausos. Todos los votos para él, todo el país para él, toda Colombia a sus pies, como a él le gusta.
Uribe ganaría pero no se legitimaría. Su fraude del 2002 se resaltaría internacionalmente y su elección del 2006 sería una comedia. Ese fue, precisamente, el jaque de Toledo a Fujimori en el 2000. Lo dejó sólo en elecciones. Fujimori ganó pero el mundo cuestionó su legitimidad. El diario “El País” de España tituló su editorial “Farsa consumada” y a partir de ahí Fujimori empezó a tambalear. Seis meses después renunciaba por fax desde Japón, estallaba el escándalo (aquí ya estalló) y comenzaba la reconstrucción del Perú.
En el caso colombiano los llamados a reconstruir el país serán los candidatos que no fueron a elecciones. Quienes no se sientan representados por ellos tendrían otro candidato. Ahí están Vargas Lleras o Juan Manuel Santos. Se recobraría la legitimidad, se reinstitucionalizaría el Estado, la paz sería posible y quedaría atrás la horrible noche.
Pero hay dos problemas. El primero es que para todo esto se necesita que los candidatos dejen sus aspiraciones, lo cual no es fácil. Y el segundo es que habría que actuar ya. Entre más tiempo pase, esta jugada de jaque mate será cada vez más difícil de concretar.
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