Guadalajara siguió el ejemplo de la capital. El miércoles santo se removió la estatua ubicada en la Plaza Beladiez de esa ciudad, que también representaba al general a caballo. Se encontraba pintada de varios colores por cuenta de los tachones de aerosol con la que algunos manifestaron su descontento durante el tiempo en que hizo parte del paisaje urbano. La arrancaron, la metieron en un camión y la desaparecieron.
Dicen que el turno ahora le corresponde a Santander, cuyo alcalde ya anunció que hará lo mismo, y que paulatinamente se irán evaporando los restantes homenajes esculpidos en señal de alabanza al triunfador de la guerra civil de la Madre Patria.
El asunto se ha politizado. Para algunos, el gesto reabre las heridas de la sociedad española. El Partido Popular se ha manifestado abiertamente de esta manera. Otros, insisten en que el error está en querer cambiar la historia. Como si quitar los símbolos sirviera para eso. Y por último hay quienes dicen que con la majestuosidad del Valle de los caídos basta y sobra.
En realidad la cosa tiene un trasfondo político, pero que sólo en parte es partidista o ideológico. Es cierto que en España la política está polarizada, pero también lo es que en el mundo actual algunas cosas ya no tienen discusión. En Alemania, por ejemplo, país de contrastes y de fuertes extremos, no queda vestigio alguno de la dictadura de Hitler que no sea para honrar a sus víctimas. A nadie se le ocurriría, porque de hecho está prohibido, esculpir en piedra al Führer haciendo el saludo nazi. Algunas esvásticas todavía pueden adivinarse en las campanas que adornan el exterior del estadio olímpico de Berlín, pero se nota el esfuerzo por removerlas sin dañar el adorno.
En un mundo como el actual, en el que el Estado constitucional es el que se impone, en el cual la democracia se exporta y en el que por lo menos en la teoría gobiernan las mayorías, no hay lugar para alabar el rompimiento de la institucionalidad. En Colombia la única alteración constitucional, diferente del eventual visto bueno de la Corte Constitucional a la reelección de Uribe, ha sido el golpe de Estado de Rojas Pinilla.
Lo de Rojas fue, sin más, una finta a la constitución, que así pertenezca a la historia patria, como el gobierno de Franco en España, el de Hitler en Alemania o el de Pinochet en Chile, debe quedarse en los libros y no puede ser alabada. Lo que se debe honrar en un país es la constitución, sus instituciones, sus principios y sus valores, y no el recuerdo de quienes se la han querido pasar por la faja y lo han conseguido.
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