Lo anterior es sólo una expresión más de algo que a estas alturas del gobierno de Uribe es evidente: que la unión de los ministerios del interior y de justicia fue un gran error. La labor del ministerio de justicia es titánica. En un país de leyes, como el nuestro, todo pasa por allí. A eso hay que sumarle la función de defensa judicial de la nación que es una vena rota que desangra el presupuesto, el manejo carcelario que es tarea de gigantes, la extinción de domino que tiene vericuetos cuyo manejo no se le desea al peor enemigo y, para no ir más lejos, el manejo de la extradición que no es ninguna pera en dulce. Para manejar esos temas se necesita más que un abogado, un verdadero jurista. Alguien que sepa articular la noción de lo justo con el mar de leyes del país y el margen de política que el gobierno requiere. En esto Sabas estaba cubierto por Nieto hasta que se presentó el problema. Pero ahora tendrá que encontrar a alguien que le tape con éxito ese flanco que tiene tan débil.
En el ministerio del interior las cosas han salido relativamente bien porque no ha habido oportunidad de que salgan mal. Sabas ha logrado crear un buen ambiente en el Congreso pero es innegable que, frente a él, los parlamentarios han tenido una condescendencia incluso cariñosa. Han sido blancas palomas a comparación de lo que fueron con Londoño. Sin embargo, “Baby, it’s show time” como dicen los gringos. A Sabas le llegó la hora de pasar al bate. No sólo tiene en frente la tarea de sacar adelante proyectos tan complejos como el de alternatividad penal y la reglamentación del estatuto antiterrorista, sino que además va a jugar como centro delantero en la aprobación de la reelección presidencial y en la concreción del acuerdo político.
La primera gran prueba de fuego será el próximo martes con la elección del Defensor del pueblo. Sabas incluyó en la terna a su amigo Mario Gómez y ahora tiene que lograr que lo elijan. Gómez es un as bajo la manga del gobierno: tiene formación humanista, ha trabajado los temas de la paz, tiene magnífica relación con la izquierda y, sobre todo, no es visto como lobo disfrazado de oveja por las ONG. Sabas se va a jugar por él. Pero hay un problema: que la cosa le tiene que salir bien. Porque si le sale mal, es decir, si no logra que elijan Defensor a su candidato, el ministro habrá marcado la pauta para lo que venga en su relación con el congreso; los parlamentarios le habrán medido de entrada el aceite y el gobierno terminará en el grueso de la legislatura con un ala rota.
Pasada la euforia de la firma de los acuerdos el ministro tiene que concretarlos. El escenario es el Congreso. Y si Sabas no mide bien lo que hace, es decir, si sigue flojo en materia jurídica y se deja meter goles en materia política, todo puede terminar patas arriba para el gobierno. Los proyectos de ley se pueden hundir, la reelección presidencial puede terminar embolatada y el acuerdo político puede quedar en nada. Entonces el sacrificado ya no será sólo el marinero de turno. Oh problema, el gran capitán, en persona, también puede terminar saliendo ponchado.
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