14 marzo 2004

El laberinto de Sabas

Muchos han querido ver en el desafortunado incidente de la salida del viceministro de justicia, Rafael Nieto Loaiza, la aplicación del dicho “donde manda capitán no manda marinero”. Ese refrán encaja en todos los aspectos de la vida, incluida la política. Sin embargo, en este caso, la cosa tiene matices. La razón es simple: la fusión del ministerio del interior con el de justicia sirve sólo en la medida en que el titular de esa cartera tenga la doble condición de ser buen político y mejor jurista. Ese era el caso de Fernando Londoño quien, para bien o para mal, tenía la capacidad de involucrar en una sola frase o en una sola actuación planteamientos de alta política con otros de profundo contenido jurídico. Basta recordar la lucha que dio por el bendito referendo. Pero cuando, como en el caso de Sabas, quien con su nombramiento se graduó de político pero no de jurista, el ministro no entiende de derecho, la cosa se complica. En este caso la falta de criterio jurídico y el desconocimiento de las minucias legales terminan siendo un handicap para que el funcionario ejerza bien sus funciones. Y entonces al viceministro le toca actuar para llenar el vacío. En la práctica, el vice se convierte en ministro y pueden pasar dos cosas. La primera es que el titular se deje guiar por su subalterno y entonces, como dice el Pibe, todo bien. Pero la segunda es que el ministro no esté de acuerdo con su viceministro, quien es profesional del asunto y conoce más del tema que él. Aquí habrá un corto circuito porque cualquier viceministro se va a sentir desautorizado por alguien menos preparado. El marinero, que en la práctica se volvió capitán, se sentirá desautorizado por el capitán que se volvió marinero. Y, lógicamente, la consecuencia será siempre la carta de renuncia.

Lo anterior es sólo una expresión más de algo que a estas alturas del gobierno de Uribe es evidente: que la unión de los ministerios del interior y de justicia fue un gran error. La labor del ministerio de justicia es titánica. En un país de leyes, como el nuestro, todo pasa por allí. A eso hay que sumarle la función de defensa judicial de la nación que es una vena rota que desangra el presupuesto, el manejo carcelario que es tarea de gigantes, la extinción de domino que tiene vericuetos cuyo manejo no se le desea al peor enemigo y, para no ir más lejos, el manejo de la extradición que no es ninguna pera en dulce. Para manejar esos temas se necesita más que un abogado, un verdadero jurista. Alguien que sepa articular la noción de lo justo con el mar de leyes del país y el margen de política que el gobierno requiere. En esto Sabas estaba cubierto por Nieto hasta que se presentó el problema. Pero ahora tendrá que encontrar a alguien que le tape con éxito ese flanco que tiene tan débil.

En el ministerio del interior las cosas han salido relativamente bien porque no ha habido oportunidad de que salgan mal. Sabas ha logrado crear un buen ambiente en el Congreso pero es innegable que, frente a él, los parlamentarios han tenido una condescendencia incluso cariñosa. Han sido blancas palomas a comparación de lo que fueron con Londoño. Sin embargo, “Baby, it’s show time” como dicen los gringos. A Sabas le llegó la hora de pasar al bate. No sólo tiene en frente la tarea de sacar adelante proyectos tan complejos como el de alternatividad penal y la reglamentación del estatuto antiterrorista, sino que además va a jugar como centro delantero en la aprobación de la reelección presidencial y en la concreción del acuerdo político.

La primera gran prueba de fuego será el próximo martes con la elección del Defensor del pueblo. Sabas incluyó en la terna a su amigo Mario Gómez y ahora tiene que lograr que lo elijan. Gómez es un as bajo la manga del gobierno: tiene formación humanista, ha trabajado los temas de la paz, tiene magnífica relación con la izquierda y, sobre todo, no es visto como lobo disfrazado de oveja por las ONG. Sabas se va a jugar por él. Pero hay un problema: que la cosa le tiene que salir bien. Porque si le sale mal, es decir, si no logra que elijan Defensor a su candidato, el ministro habrá marcado la pauta para lo que venga en su relación con el congreso; los parlamentarios le habrán medido de entrada el aceite y el gobierno terminará en el grueso de la legislatura con un ala rota.

Pasada la euforia de la firma de los acuerdos el ministro tiene que concretarlos. El escenario es el Congreso. Y si Sabas no mide bien lo que hace, es decir, si sigue flojo en materia jurídica y se deja meter goles en materia política, todo puede terminar patas arriba para el gobierno. Los proyectos de ley se pueden hundir, la reelección presidencial puede terminar embolatada y el acuerdo político puede quedar en nada. Entonces el sacrificado ya no será sólo el marinero de turno. Oh problema, el gran capitán, en persona, también puede terminar saliendo ponchado.

No hay comentarios: