En la política la polarización es un fenómeno natural. La realidad es que, entre grupos opuestos, a mayor distancia ideológica, el debate se va a extremos. Sin embargo, esto no implica que la política no pueda ser un punto de encuentro a favor de los pueblos. El mejor ejemplo es Alemania. Luego de más de dos meses de negociaciones, los partidos mayoritarios de ese país, férreos opositores entre si, firmaron ayer viernes un “Contrato de coalición” para gobernar conjuntamente.
El llamado Koalitionsvertrag es un ejemplo de civilización para muchos. Para Colombia en particular, la lección de democracia cae como anillo al dedo. Parte de la enseñanza es para el gobierno de Uribe y consiste en que las coaliciones no pueden basarse en acuerdos burocráticos para granjearse apoyo parlamentario. Lo primero a la hora de hacer un pacto político debe ser el país y no, como ha sucedido en Colombia, las aspiraciones personales.
Por otro lado la lección también es para los partidos políticos. En Alemania, por más pequeños que sean, por más insignificantes que puedan parecer frente a los grupos mayoritarios, todos se juegan en las urnas y con base en los resultados es que se sientan en la mesa de negociación. En Colombia, con contadas excepciones, es distinto.
El ejemplo es el Partido Conservador que le teme a las urnas y se arrodilló para colincharse del bus uribista. Para legitimarse quiere hacer una consulta popular a la carrera, mecanismo que no es más que una puesta en escena mediática y bufa para que sus dirigentes puedan sonreír ante las cámaras y tratar así de explicar lo inexplicable: que el partido moribundo carece de vocación de poder. Ojalá alguien con dos dedos de frente y uno de valentía se revelara contra semejante comedia.
Finalmente, la lección también es para el Estado como estructura. Alemania llevaba dos meses con un gobierno de papel y la posibilidad de que ese tiempo se extendiera más. Sin embargo, todo marchó en el engranaje estatal mientras se resolvían las cosas. Funcionaron los ministerios, las dependencias despacharon a pleno vapor y nada se detuvo a pesar de la zozobra. Una prueba de que el Estado es siempre más importante que el gobierno y de que sí es posible poner “la patria por encima de los partidos”.
Se me puede contradecir con el viejo argumento de que estamos en Cundinamarca y no en Dinamarca. Es cierto. Pero precisamente por eso es que hay que aprender la lección. Para que algún día Cundinamarca pueda ser como Dinamarca y para que esta democracia que tanto queremos y por eso tanto aporreamos, sea una democracia de verdad verdad.
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