05 noviembre 2005

Del dicho al hecho

En Colombia la violencia siempre ha estado unida a la política. El fenómeno es casi inherente a nuestra democracia. El recuento de asesinatos políticos va desde el de Sucre, hasta el de Álvaro Gómez, pasando por los de Uribe Uribe, Gaitán, Galán, Jaramillo Ossa y Carlos Pizarro. Si algo ha habido en la política colombiana, es crimen e intimidación.

La lista de desconocidos caídos en la confrontación es mayor. En ella están los soldados, los guerrilleros, los paramilitares, todos los que han sido víctimas y victimarios. Al fin y al cabo, todos son colombianos y el conflicto es, esencialmente, político.

La violencia ha influido electoralmente de dos maneras. La primera es con su materialización. Cuando las balas ha cambiado el panorama político y han llevado a que se elija más con el corazón que con la razón. El ejemplo es la campaña de 1989. En ella cayeron Pizarro, Jaramillo Ossa y Galán. El sentimiento y la frustración llevaron finalmente a Gaviria a la presidencia.

La segunda forma de influencia electoral de la violencia es la de la decisión de enfrentar el problema de una manera determinada. También hay ejemplos. Uno es el de Andrés Pastrana, quien se la jugó por la paz negociada en plena campaña e inclinó la balanza a su favor. Y otro es el de Álvaro Uribe, quien también en campaña se montó sobre la ola de la guerra total y remontó las encuestas hasta que ganó.

En la gesta electoral que se avecina la cosa parece ser más compleja pues parecieran estar surgiendo nuevos fenómenos. Uno es la influencia paramilitar en el congreso. Aunque en algunos casos puede trazarse una línea clara entre congresistas y paras, en otros no. La situación es tal, que paramilitares conocidos más por su alias que por su nombre están apareciendo en renglones de listas al Congreso. Hacer política contra ellos será un suicidio.

Otro fenómeno es la supuesta infiltración paramilitar en el estamento Estatal. Si las denuncias y escándalos de los últimos días resultan ciertos, estaríamos ante la paramilitarización del Estado. Así, no sólo hacer política sería imposible, sino que pensar y opinar distinto de una determinada línea para-oficial lo pondría a uno en la mira.

Por eso es tan importante la intención reciente del gobierno de enfrentar el problema. Gobernar en Colombia consiste en tratar de generar un desarrollo social y económico que permita la igualdad de condiciones sociales y el progreso general de la sociedad. Pero para eso se debe descontaminar la política del mal reciente que la aqueja.

Hay que celebrar la intención de limpiar la campaña. Pero la doble condición de presidente y candidato de Uribe le imponen la tarea de no quedarse en la retórica. No basta con darle la orden al general Castro de capturar a lo paramilitares que dentro del proceso de paz hagan política. Hay que pasar del dicho al hecho y mostrar resultados para que, en estas elecciones, puedan sobrevivir los candidatos, la política y la democracia.

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