11 abril 2004

Vámonos para Iraq

El pasado 2 de abril, el periódico Financial Times anunció que los presidentes Uribe y Bush se habían puesto de acuerdo para mandar un pelotón de soldados colombianos a Iraq. Sin embargo, el Gobierno Nacional desmintió inmediatamente la noticia.

Se dijo que la guerra de Iraq no es nuestra guerra, que ya tenemos suficiente con lo que pasa en el país como para irnos a combatir por fuera, que con la violencia propia basta y sobra. Hay otros argumentos que no dio el Gobierno: que la cosa por las tierras de Saddam no está nada fácil y que no se puede exponer a nuestros soldados a la ira de los Fedayines.

También, que no hay plata. Que si escasamente nuestros impuestos alcanzan para pagar informantes que llevan a que el ejército y la policía se disparen entre ellos, no se puede ni siquiera pensar en mandar y mantener un pelotón militar colombiano en Bagdad.

Todos esos argumentos pueden ser ciertos. Sin embargo, la verdad es que el mismo Gobierno, con sus dichos y con sus hechos, ha dado varias razones para pensar que lo ideal sería hacer presencia militar en Iraq. Estas razones son, por una parte, de similitud. Bush y Uribe son muy parecidos. Ambos tienen su guerra contra “el mal” y creen realmente estarla ganando, su popularidad descansa en el lenguaje que utilizan, así como en la fuerza; ambos se apoyan en los medios de comunicación que les hacen coro y hasta tienen una manera parecida de decir algunas cosas: Bush tiene frases como “hoy es mañana”, mientras que para Uribe las noches de un día son un día más. Y, como si esto fuera poco, su momento político actual es idéntico: los dos están en campaña porque ambos quieren que los reelijan.

También hay razones de historia reciente. Una es que Uribe juega en las grandes ligas de la política mundial: habla en el Parlamento Europeo, visita al Papa y modifica la lista internacional de grupos terroristas. Incluso, hace propuestas audaces.

Basta recordar que llevaba cuatro meses de gobierno cuando le pidió a Estados Unidos que mandara al país una fuerza internacional similar a la que hoy se bate en Iraq. Luego pidió que le mandaran a nuestro ejército las armas que sobraran de la invasión. Las armas no han llegado porque la invasión no ha terminado. Y una razón más de simple lógica. Cuando comenzó el bombardeo a Iraq, Uribe apoyó incondicionalmente a Bush en contra de lo que más de medio mundo quería. Nos lanzamos de cabeza a la cruzada en “favor de la libertad”, aunque de paso nos hayamos pasado por la faja a las Naciones Unidas.

Otros argumentos a favor de la presencia militar criolla en el Golfo son de simple estrategia política internacional. Si se mandan tropas al Golfo, haremos parte del selecto grupo en el que están, entre otros, Tailandia, Ucrania, Bulgaria, Estonia y El Salvador. Es más, hoy en día existe una oportunidad de oro para hacer parte activa de la coalición. España fue un país abanderado de la invasión a Iraq, pero con el cambio de gobierno en la Madre Patria, la cosa cambió. En dos meses los soldados españoles se retirarán de la zona de conflicto para volver a Europa. ¿No sería bueno llenar el vacío que dejan los españoles con tropas nuestras? Así reemplazaríamos a quienes hoy los americanos tildan de tibios y cobardes. Al fin y al cabo, vamos a tener tanques de guerra españoles de mitad del siglo pasado y sin duda con ellos podemos cumplir la misión.

¿Cómo se concretaría en la práctica la presencia en Iraq? Hay varias posibilidades. La primera es hacer un reclutamiento especial para esta importante misión. Podrían seleccionarse algunos soldados profesionales para lanzarlos a las calles de Fallujah. Una vez allí, sin duda se acomodarían a las condiciones del terreno y de la guerra irregular. Una segunda posibilidad sería complementar el grupo con soldados bachilleres y soldados regulares reclutados en los pueblos colombianos.

Con tanto desempleo, ¿por qué no? Una tercera posibilidad sería unir la política de reinserción con la política internacional. Se podría incluir en el grupo a paramilitares y guerrilleros reinsertados que se sumarían a las filas.

Incluso, se les podría ofrecer el perdón y el olvido que tanto quieren si logran volver con vida de esta aventura por el Medio Oriente.

Claro que hay otra posibilidad. Consiste en reconocer que haber apoyado la iniciativa de Bush de invadir Iraq fue un acto de inmensa ligereza política. ¿Que se hizo porque era difícil no hacerlo? Para cualquiera, decirle no a los Estados Unidos es muy difícil. Sin embargo, jugar en las grandes ligas de la política no consiste en dejarse arrastrar hacia aventuras de incierto final. Cosa que puede aplicarse en todos los temas, desde el de la guerra hasta el de la extradición.

La reflexión interna de un gobierno, de un Estado, no es sólo sana sino necesaria. Y para ser un gran jugador en el orden mundial, muchas veces, hay que ser fuerte, pararse y simplemente decir que no.

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