La iniciativa de la reelección tiene cosas buenas. En primer término, ayuda a que se discutan temas importantes como el sistema de gobierno. De pronto llegamos a la conclusión de que López tiene razón en su propuesta sobre un sistema parlamentario que nos saque del hueco profundo del presidencialismo extremo. Si lográramos institucionalizar ese sistema, así sea con adaptaciones, la cosecha de bondades sería amplia. Para mencionar algunas, el balance de poder sería una realidad, se reactivarían los partidos y se fortalecería la democracia.
Lo malo de la iniciativa de reelección es que llega en un pésimo momento. No sólo es supremamente prematura pues faltan todavía dos años de gobierno, es decir, el tiempo en el que se deben medir realmente los resultados de la gestión presidencial, sino que contamina inmensamente la legislatura. El proyecto de reelección es un misil que hace blanco en el ambiente político del congreso y que interfiere con el estudio de proyectos tan importantes como el de alternatividad y del Estatuto antiterrorista.
Fuera de eso, se ha pensado que para poner a punto el país para la reelección se debe simplemente cambiar la constitución. Esa es una tremenda ingenuidad. Colombia tiene un sistema jurídico que descansa en el principio fundamental de que los funcionarios públicos no pueden intervenir en política. Sobre ese postulado se ha estructurado todo el engranaje jurídico. Incluso se han organizado jurisdicciones especiales para evitar y castigar esa práctica. Por eso, de aprobarse la reelección, habría que modificar toda la reglamentación de la función pública en lo administrativo y lo fiscal. Incluso cambiarían las funciones de la Procuraduría y de la Contraloría, porque los funcionarios podrían legítimamente hacer política, utilizar sus puestos para esto e incluso echarle mano al presupuesto para lograr objetivos electorales.
Lo feo de la iniciativa de reelección es que es personalizada. Una cosa es que el gobierno haga un planteamiento constitucional y político sobre la necesidad de una gestión presidencial más larga. Esto es válido como tema de discusión. Pero otra cosa es que un candidato presidencial diga “si me eligen no buscaré la reelección porque no me parece buena” y una vez elegido y luego de probar las mieles del poder diga “ahora que me eligieron sí quiero la reelección porque ahora sí me parece buena”. Eso es lo que ha pasado con este gobierno y lo que, simplemente, no tiene presentación.
Es cierto que si se reelige a Uribe seguiría la presión militar contra la subversión y que las caravanas por las carreteras seguirían siendo una fiesta nacional. Es probable que esto lleve a que el clima de optimismo dure un poco más y a que el crecimiento económico se mantenga por algunos meses. Pero ese planteamiento no puede ser el único argumento para lanzarnos a la reelección, especialmente si se tiene en cuenta que cualquier candidato presidencial va a tener que hacer referencia a estos temas en campaña.
La reelección presidencial en abstracto puede ser buena pero en este momento de la historia de Colombia no es conveniente. Aprobarla sin que se deje por lo menos un período entre una y otra elección, puede traer consecuencias bastante desfavorables. Una es el caos institucional. Jurídicamente y políticamente no estamos preparados para semejante cosa. Otra es la estigmatización. Si quienes no apoyaron el referendo fueron muchas veces considerados “terroristas” quienes se opongan a la reelección pueden terminar siendo perseguidos, especialmente ahora que el estatuto antiterrorista permite obrar primero y preguntar después. Y hay más. Con la reelección también es posible que la micropolítica siga reemplazando la visión de Estado, que sigamos teniendo “gabinetico” y no gabinete, que le sigamos dando la espalda a las Naciones Unidas y a Europa, y sobre todo, que sigamos hipnotizados por la ilusión. Eso, simplemente, no puede ser bueno para el país.
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