La frase suena bien. Es más, cala fuerte, especialmente en un escenario de polarización como el de estos días en que los “Halcones” (para seguir con la terminología política contemporánea) hacen y deshacen a su antojo en el mundo entero. Sin embargo, hay un problema: que no es cierta. Por más bonita que suene y por más efectiva que sea en materia de popularidad, la afirmación simplemente no corresponde a la realidad. Porque la verdad, monda y lironda, es que en Colombia sí hay un conflicto social que se ha expresado desde hace muchos años, muy lamentablemente, a través de la intolerancia ideológica y el alzamiento armado. Muchos han sido los intentos por acabar con él por la vía netamente militar. Pero precisamente por su componente político, arraigado en la sociedad por las heridas propias de la confrontación, es que hasta este momento ninguno ha resultado exitoso.
Fuera de la teoría de que no hay guerra sino terrorismo puro y simple, se ha generado otra que consiste en que en Colombia ‘el bien’ está ganando sobre ‘el mal’. Y la verdad es que aunque se ha golpeado a la guerrilla, fuertemente si se quiere, el repliegue táctico de la subversión es evidente. La calma en el frente de batalla se debe más a la estrategia del enemigo de hacerse invisible que a los éxitos militares. Por eso no es sólo calma lo que se respira, sino calma chicha. O dicho de otro modo, una cosa es ir ganando porque se está ganando y otra distinta es creer que se está ganando por tener un contrincante escondido.
No obstante, a pesar de la diferencia entre la realidad y estos planteamientos oficiales, a todo señor todo honor: Uribe ha logrado generar una ola de optimismo que ha reactivado nuestra vida en varios campos. Desde el económico, en el que ha habido un crecimiento importante del PIB, hasta el de seguridad, en el que la gente simplemente tiene la sensación de estar más segura. Esto es bueno y digno de aplauso. Nadie lo puede negar. Pero como parte de un planteamiento inexacto, ha tenido dos consecuencias muy graves. La primera es que ha generado para el Presidente una inmensa popularidad, hoy supuestamente cercana al 80%, que a la larga terminará siendo pura fantasía. Esto, porque se basa en lo que se quiere y no en lo que se tiene, o mejor, en las esperanzas y no en las realidades. Y la segunda, quizá más grave, es que nos ha puesto a muchos a vivir en una burbuja que nos ha alejado de lo que en realidad está sucediendo. ¿Y qué es lo que en realidad está sucediendo? Que la guerrilla sigue activa y tiene un inmenso poder de daño. Que los paramilitares están, por mucha desmovilización que se quiera, vivitos y coleando y también disparando. Que no existe una política de Estado para resolver el problema de los secuestrados. Que el país está quebrado y por eso mismo arrodillado. Que el gabinete no representa nada políticamente. Que sólo los ex presidentes están haciendo política. Que la oposición es débil. Que nos están llenando de impuestos. Que para Europa apenas existimos. Pero sobre todo, que nos seguimos matando.
La terrorífica incursión guerrillera en Neiva, que terminó en el secuestro de 4 personas y en la destitución de un general y la cúpula local del DAS, fue un aguijonazo que nos dejó esa burbuja pinchada. El propio presidente cayó en cuenta de esto y por eso rodaron las cabezas que rodaron. El problema es que esa reacción no fue la ideal. Porque ahora bastará con que la guerrilla le meta otro gol a un general para que éste sea retirado de las filas. Y eso no es justo con un ejército que día tras día le pone la cara y el pecho a una de las peores situaciones de orden público del mundo. Ojalá desde el Ejecutivo se mire con más detenimiento esta situación y de ser necesario se reconsidere la decisión de darle la baja a este miembro de las Fuerzas Armadas. Es dudoso que eso suceda porque Uribe a veces se casa con posiciones de principio que raramente son políticas, y que por lo tanto, le quitan capacidad de maniobra. Aún así, de la tragedia de Neiva hay que sacar lecciones. Una puede ser que, a pesar de las caravanas por las carreteras y del optimismo, no podemos perder de vista que, desafortunadamente, estamos en un país en guerra. Y otra, de pronto más importante, que en la política, como en la vida, actuar pensando simplemente con el deseo puede llevar a una tranquilidad temporal, que de pronto despierta entusiasmos, pero que tarde o temprano termina estrellándose contra la realidad.
No hay comentarios:
Publicar un comentario