08 febrero 2004

Del 2004 para el 2006

En política hay momentos que definen el futuro. Se trata de puntos de quiebre que determinan el éxito o el fracaso a largo plazo. Esta semana el país fue testigo de dos de esos momentos. El primero, a nivel nacional, que consistió en la decisión del uribismo de armar un partido propio y conseguir la reelección presidencial. Y el segundo, a nivel local, que consistió en que el Polo democrático logró la mayoría absoluta en el Concejo para sacar adelante su programa de gobierno en Bogotá. Estos hechos abren el partidor de una carrera ideológica para el 2006. En ella los contendores son la nueva derecha, que quiere reelegir a Uribe, y la izquierda democrática, que quiere repetir a nivel nacional lo que Lucho consiguió a nivel local. Se inició para ambos grupos un proceso político bastante complejo en el que, si no miden bien lo que hacen, la cosa les puede salir mal a ellos y al país.

Luego de que Noemí planteó el tema en abstracto, Fabio Echeverri se dejó venir con la idea concreta de la reelección. Y la polémica se calentó. Se oyeron argumentos a favor y en contra. Por ejemplo, que una buena gestión de gobierno no se puede completar en cuatro años. O que no se puede legitimar la participación en política de los funcionarios ni la utilización electoral del erario público como sucedió en la campaña por el referendo. Todas estas voces tienen algo de razón. A pesar del debate público, hasta ahora todo está en el terreno de lo teórico y todavía no hay propuestas concretas. Sin embargo, como van las cosas, el gobierno puede terminar metiendo en el acuerdo nacional con las fuerzas políticas su iniciativa particular de reelección. Y eso sería un gran error. Una cosa es que haya gente en Palacio con ganas de repetir. Eso es legítimo como planteamiento político. Pero cosa distinta es que la reelección se incluya como punto clave del acuerdo entre partidos para sacar adelante el país. Esto último no es democrático y equivale a meter gato por liebre. Unir el destino de toda la sociedad al éxito de las aspiraciones electorales del uribismo es cerrar de plano las puertas de la discusión. A todo el mundo le iría mejor si se independizan los temas. Porque ya se demostró que Uribe no es invencible. Y si nuevamente le fallan los cálculos y se embolata la reelección, es mejor que la derrota sea sólo para él y no para todo el país.

Por otro lado, en el tema bogotano la coalición del Concejo le abrió una autopista al tránsito de las iniciativas del nuevo alcalde. Esto no puede ser un cheque en blanco para que Lucho haga y deshaga. Por el contrario, según el nuevo presidente del cabildo distrital, Bruno Díaz, habrá un control político verdadero. Hay dos garantías de que esto será así: la primera es que en el grupo mayoritario quedaron los conservadores, los liberales oficialistas y algunos independientes. Eso asegura un balance de poder bueno para la ciudad e incluso bueno para el alcalde. Y la segunda es que el Polo democrático no es un partido cohesionado sino la suma de varios grupos que tienen diferencias y deben llegar a consensos. De la manera como se comporte la coalición en el concejo dependerá en buena parte la gestión de Lucho. Y de la gestión de Lucho dependerá en buena parte el éxito del Polo en los años por venir.

Mientras todo esto ocurre los partidos tradicionales hacen su propio juego. Los conservadores quieren estar con Uribe pero no ser parte de su nuevo partido. También tienen algunas reservas frente a la reelección inmediata. Y los liberales no logran unirse. Ante esa situación, paradójicamente, ambas colectividades empiezan a mirar hacia sus expresidentes. El conservatismo quiere a Andrés Pastrana como jefe. Y el liberalismo espera lo mismo de Gaviria. Ellos, por lo pronto, no toman la decisión de lanzarse nuevamente a la política. Pero lo harán. La gran pregunta es si para ese momento la reelección presidencial será ya una realidad. Porque de ser así, es probable que no sólo Uribe quiera repetir. Y entonces se moverá mucho la política. Es que, como son las cosas en Colombia, la próxima campaña presidencial puede terminar siendo, quién lo creyera, una batalla entre ex presidentes.

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