19 febrero 2006

Macarena


Si a un gringo le preguntaran qué es La Macarena, probablemente contestará que se trata de una canción que tuvo gran éxito en 1994. Seguramente hasta recordará la imagen de Bill Clinton bailándola e incluso, la mayoría, se lanzará a cantar el coro: “Dale a tu cuerpo alegría Macarena, que tu cuerpo es p’a darle alegría y cosas buenas. Dale a tu cuerpo alegría Macarena, eeeeeeeeeh Macarena. Aaaaay”.

En buena parte de Colombia pasaría lo mismo. Efecto de la globalización, podría decirse. Porque tuvo que correr sangre para que el país pusiera sus ojos en la Serranía de la Macarena. Y aún así, lo que se ve y se oye es inverosímil. Se habla de la Macarena como si se tratara de algo parecido a Monserrate. Como si fuera “una montañita” con “parcelitas” de coca escoltadas por “bandidos perfumados”.

Pero resulta que la Macarena no es Monserrate, que los cultivos no tienen nada de diminutivo y que a la guerrilla no se la acaba con artillería verbal. La Macarena es todo un sistema montañoso ubicado en el Meta con jurisdicción de los municipios de Macarena, Mesetas, Vistahermosa, San Juan de Arama, y Puerto Rico. Seis mil doscientos kilómetros cuadrados de parque natural llenos de selva húmeda y bosque.

Digamos que hasta ahí la concepción errada podría ser producto de la falta de conciencia sobre lo robusto de la geografía nacional. Algo que le puede pasar a un gringo, un europeo y hasta a un periodista que, como lo hago yo, analiza la realidad nacional desde un computador. ¿Pero que le pase al Presidente de la República?

Porque sólo con una visión miope de la realidad y una gran falta de previsión se puede lanzar una ofensiva de erradicadores manuales a la Macarena, hacer un show mediático bajándose del avión presidencial para arrancar unas matas, tomarse fotos, hacer política, irse de ahí y empezar luego a ver que todo fue un perfecto desastre cuando comienzan a caer policías. ¿Y ahora qué hacemos? Ya sé: “Bombardeen esa vaina muchachos”.

Bueno, pues el bombardeo no arreglará nada y sí acrecentará los problemas sociales. Lo dijo el párroco de la Macarena: nadie sabe en realidad qué está pasando en los campos. Y tiene razón. Allí nadie llega. Por lo visto lo único estatal que hasta ahora ha alcanza esas zonas y su gente es el metal de la metralla oficial. De resto, manda la guerrilla.

Los estragos ecológicos también serán mayores. El bombardeo es una puñalada a este pulmón del mundo. Sobran las explicaciones. Y por último, si el bombardeo acabara con la guerrilla, desde un punto de vista militar sería válido. Pero es que no la acaba sino que la acrecienta. Un civil muerto por una bomba, eso que los americanos llama “daño colateral”, es una semilla que generará más guerrilleros dispuestos a combatir.

El enfoque del problema está errado. La guerra en Colombia es una realidad y tiene un origen social. Por eso la solución debe ser política. Y mientras no se acepte lo evidente no se podrá llegar a ningún lado. Sólo habrá más muertos de lado y lado. Policías, guerrilleros, campesinos, erradicadores, todos colombianos. Mientras el presidente desde Washington sigue dando órdenes a través de las cámaras de televisión.

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