Algunos creen que a Uribe se le fueron las luces otra vez y que por eso se volvió a descontrolar. Que arrancó a hablar de sus logros y por la emoción, resultó lanzando dardos a diestra y siniestra. Otros, por el contrario, dicen que la cosa fue intencional y que con su discurso arrancó la campaña. Yo creo que en ambas teorías puede haber algo de razón.
La política es un juego de estrategia en el que hay que medir el qué, el cómo y el cuándo. Si se habla hay que pensar qué se dice, cómo se dice y cuándo se dice. Si se actúa, igual. Este es un arte en el que, incluso el silencio, debe ser pertinente. Por eso es cierto que aunque a Uribe se le vuela la piedra, y generalmente cuando le pasa se equivoca, también es cierto que es un buen político y que sus gritos enardecidos pudieron haber estado, en buena medida, calculados.
La razón es simple. La semana arrancó con unas encuestas en las que se mostraba un decaimiento de su popularidad y del reconocimiento de sus logros. Esto, que para un presidente es normal, para un candidato es muy grave. Y como Uribe antes que presidente es candidato, entendió que tenía que hacer un acto de campaña y no uno de gobierno. ¿Y qué mejor que despacharse un discurso veintejuliero lleno de referencias al terrorismo ante los soldaditos mutilados?
Se me puede argumentar en contra diciendo que el decaimiento en las encuestas realmente fue menor. Pero hay que tener en cuenta algo que los asesores de Palacio saben, que no le cuentan a todo el mundo y que es muy grave para las aspiraciones presidenciales-presidenciales: que aunque quienes están desaprobando la gestión son una minoría, son una minoría calificada entre la que cada vez hay más de la clase dirigente del país.
Dicho esto de otra manera, las encuestas muestran que quienes están contra Uribe no son muchos, pero que son machos y que son los que mandan. Esta es la verdadera preocupación y por eso el presidente está recurriendo a un viejo truco de la política bastante peligroso: la combinación de propaganda, polarización y populismo.
El problema es que la mezcla de estos tres factores acaba siendo siempre una pócima venenosa, aún más cuando se prepara desde el poder. ¿Por qué? Porque su costo es muy grande para la democracia. Es posible que con esta fórmula el candidato, en este caso el presidente, se mantenga en el poder y hasta salga reelegido. Pero a la gente le va mal. Los electores terminan siempre engañados, dolidos y divididos. Y el pueblo de Colombia ya está cansado de ser siempre el que paga los platos rotos.
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